Palabra de Fútbol

Thursday, January 31, 2013

EL QUE GANA MUERE



A continuación presentamos un exquisito fragmento perteneciente a una reciente novela publicada bajo el nombre “HHhH”. El título es una cicla en alemán que en castellano se traduciría como “El cerebro de Himmler se llama Heydrich”. Como algunos sabrán ambos nombres se vinculan con la alta nomenclatura del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El libro es la primera aventura editorial del francés Laurent Binet, que narra la historia de los preparativos y de los protagonistas (un checo y un eslovaco) encargados de cometer el crimen contra Reinhard Heydrich en Praga, Checoeslovaquia, 1942. Disfrútenla entonces…

Así pues, en el verano de 1942, Ucrania es administrada por los nazis con la brutalidad que los caracteriza. Sin embargo, los alemanes han querido organizar unos partidos de fútbol entre los diferentes países ocupados o satelizados en el Este. En seguida hay un equipo que se distingue, engarzando una victoria tras otra contra sus adversarios rumanos o húngaros: el FC Start, creado de prisa y corriendo a partir de los restos de un difunto Dynamo de Kiev, prohibido desde el principio de la ocupación, peor cuyos jugadores fueron llamados para tal evento.
La fama del éxito de ese equipo llega a los alemanes, que deciden organizar un partido de prestigio en Kiev, entre el equipo local y el equipo de la Luftwaffe. Durante la presentación de los equipos, los jugadores ucranianos son obligados a hacer el saludo nazi.
El día del partido los dos equipos entran en el estadio lleno a rebosar, y los jugadores alemanes extienden el brazo gritando: “¡Heil Hitler!” Los jugadores ucranianos extienden también el brazo, lo que supone sin duda una gran decepción para el público que evidentemente, veía en ese partido la oportunidad de demostrar una resistencia simbólica al invasor. Pero en vez de apostillar su gesto con él “heil Hitler” convenido, los jugadores cierran el puño, cruzan su brazo sobre el pecho, y gritan: “¡Viva la cultura física!” El slogan impregnado de connotaciones soviéticas entusiasma al público.
Apenas empezando el partido, un jugador alemán le fractura la pierna a un atacante ucraniano. En esa época no había sustituciones, el FC Start, deberá jugar el resto del partido con diez, en superioridad numérica, los alemanes abren el marcador. La cosa se presenta muy mal. Sin embargo, los jugadores de Kiev, se niegan a rendirse. Empatan entre los vítores la multitud. Un poco más tarde marcan un segundo tanto y el estadio se viene abajo.
En el descanso, el general Ebherdardt, superintendente de Kiev visita a los jugadores ucranianos en su vestuario, les hecha este discurso: “Bravo, habéis practicado un juego excelente y a todos nos ha gustado mucho. Pero ocurre que ahora, durante el segundo tiempo, teneis que perder. ¡Debeís hacerlo! El equipo de la Luftwaffe no ha perdido jamás sobre todo en territorios ocupados. ¡Es una orden! Si no perdéis seréis ejecutados.”
Los jugadores han escuchado en silencio. De regreso al terreno de juego, sin que se pusieran de acuerdo previamente, después de una breve incertidumbre, toman la decisión de seguir jugando. Marcan otro gol, y luego otro, hasta acabar ganado 5 – 1. Para el público ucraniano es el delirio. La parte alemana gruñe. Hay disparos al aire. Pero ninguno de los jugadores se inquieta todavía, porque piensan que los alemanes querrán lavar su afrenta sobre el terreno de juego.
Tres días más tarde se organiza un partido de revancha, cuya promoción se hace con un gran despliegue de carteles. Mientras tanto, los alemanes mandan venir de emergencia desde Berlín a jugadores profesionales para reforzar el equipo.
El segundo partido comienza. El estadio está nuevamente lleno a rebosar, pero esta vez, se han desplegado alrededor tropas de la SS, con la excusa oficial de mantener el orden. Los alemanes abren una vez más el marcador. Pero los ucranianos no se amilanan y vencen 5 – 3. Al acabar el partido, los seguidores ucranianos estallas de alegría, pero los jugadores están lívidos. Los alemanes disparan unos tiros. El césped se invade. En la confusión tres jugadores ucranianos desaparecen entre la multitud. Sobrevivirán a la guerra. El resto del equipo es arrestado, y cuatro jugadores son llevados inmediatamente a Babi Yar, donde se les ejecuta. De rodillas delante del barranco el capitán y guardameta, Nikolai Trusevich tiene tiempo de gritar, antes de recibir una bala en la nunca: “¡El deporte rojo no morirá jamás!” A continuación los demás jugadores serán asesinados también. Hoy en día hay un monumento dedicado a ellos delante del estadio del Dynamo.


Laurent Binet, HHhH, SeixBarral, Santiago de Chile 2011

Wednesday, December 19, 2012

FÚTBOL DE GUERRILLA



Mucho se ha dicho ya del fútbol y su rol en la sociedad. Alienante, punto de encuentro, nuevo coliseo. Como sea, a su poder de influencia no hay para qué ponerlo en duda. El fútbol y su sociedad han llegado a convertirse en un espejo el uno del otro, una correspondencia que dialoga y se influencia mutuamente. Así, ver al fútbol como un medio de difusión de un mensaje no sería una idea nueva.
Hace unos dos años, coincidente en momento con la salida de Marcelo Bielsa de la selección, ese que hizo sentir su pensar a Piñera y Cía., vuelve a Chile Jorge Sampaoli. El Loco había hecho noticia al no darle la mano al presidente, porque sabía que él representaba el negocio en el fútbol, la mercantilización y privatización de todo bien medianamente cotizado. Bielsa tenía un proyecto futbolístico claro y una cosmovisión bastante reconocible. Sampaoli, un bielsista reconocido, relaciona también esas dos cosas, la cosmovisión y el fútbol, pero no es Bielsa, es Sampaolí. Y así como Bielsa traía un orden, una estructura, un proceso de racionalización para el fútbol chileno, Jorge trae lo propio, un énfasis en desafiar la historia, en que las cosas son posibles. Voluntad, pero voluntad de equipo.
Con él se instalan palabras en las conferencias que no se escuchaban en nuestras canchas. Si Bielsa era el filósofo, Sampaoli pasa a ser el guerrillero. Y no es de fútbol de lo que hablamos aquí. Es de identidad. Trabajando, conversando y haciendo leer a sus jugadores, ha logrado un grupo que no se basa en uno, si no en la fuerza de la multitud. Una forma de jugar, una identidad, una pasión que compromete a cada uno con la ideología tras el juego.
Conferencias de prensa y entrevistas a Jorge Sampaoli hay varias y variadas. Fútbol se escucha a menudo, claramente. Pero hay una serie de palabras que aparecen cada vez que el técnico habla: rebeldía, revolución, dar vuelta la historia, hacer historia, amateurismo, pasión, desafiar lo imposible. Tal vez fue el crecer en dictadura siendo hijo de policía, tal vez el ver frustrado el sueño de ser futbolista y tener que trabajar en un banco y en el registro civil. Pero Sampaoli peleó, y llegó a ser técnico. En su discurso podemos ver el inconformismo y las ganas de desafiar el establishment. Sampaoli quiere joder y sabe bien a quiénes. Tiene un proyecto y una visión del fútbol que va más allá del fútbol. Habla de cierta forma, rechaza una alta suma de dinero por creer en un proyecto, hace leer a sus pupilos. Su vida es también así y ha sacrificado un sin fin de cosas por lograr ese proyecto que es una visión de fútbol y de vida.
Es por esto que, al introducir los conceptos antes nombrados en el fútbol, comienza a generar la cristalización de estos en la cotidianeidad de los más jóvenes. Conoce las clases (sociales y pedagógicas) y la miseria el profe, en el fútbol eso se conoce bien. Cuando la marginalidad es tal, no se logra canalizar la frustración y eso lo entienden los poderes políticos y económicos, hoy prácticamente uno, los cuales utilizan al fútbol como una más de las redes para evitar la organización, desviando el descontento hacia los pares y generando así el odio irracional hacia el hincha del archirrival. Lo mismo hacen con los carabineros, muchas veces enfrentando a sus propios vecinos. Al final, que se maten en las poblaciones, es una economía enorme. Sampaoli es capaz de utilizar este mismo mecanismo a su favor. De modo prácticamente pedagógico, el profe introduce estos conceptos para luego ejemplificarlos con fútbol. Y un equipo que jugaba con timidez, logra salir campeón de Sudamérica con una irreverencia pocas veces vista. Este es su ejemplo supremo. Con organización, la revolución se puede. Con voluntad, unión y pasión desmedida, no hay imposibles. Ver el efecto real de esto, la asimilación de los conceptos en los más jóvenes, puede demorar años. Pero en un momento en que Chile está convulsionando, con revoluciones pingüinas, marchas universitarias, con el estado allanando y apresando al pueblo mapuche en Wallmapu, podemos esperar que sea más pronto que tarde. Y es que la suma de pequeños gestos de terrorismo lingüístico, pueden ir aportando a un cambio en la realidad. Hacer política desde el lenguaje, y llevarlo a la práctica como enseñanza.
Sampaoli no es el primero ni el último, él no está para coronel ni presidente, no será el héroe mártir. Sampaoli no es feliz, pero vive respirando a la contra. Es la tragedia del condenado, pero la rebeldía es la reserva en los pulmones. Yo viví en una época en que la tendencia era de izquierda, pero en el fondo yo era un reaccionario. Si la dictadura hubiese sido de izquierda, quizás yo hubiese sido lo contrario. Contaba en una entrevista. Hoy el guerrillero está arriba de la pelota, listo para disparar.

Ismael Rivera



Saturday, October 13, 2012

1962: El mito del mundial chileno



Digamos de inmediato la tesis que propone y defiende el autor: El mundial del 62 fue el peor de la historia*.
La “demostración” consiste en una muy erudita investigación que analiza el mundial chileno desde el punto de vista organizativo y futbolístico. Su intención, según se desprende de la lectura, es derribar mitos, en el sentido de las muchas falsedades que hasta hoy se sostienen en torno al evento.
Para nadie es difícil imaginar la pobreza de los medios disponible en infraestructura, antes, durante y después del mundial. La carencia existía no sólo en estadios, sino también en canchas de entrenamientos, sitios adecuados para la concentración de las comitivas de la competición, la falta de capacidad hotelera de buena calidad. Estafas y escándalos con respecto a la venta y distribución de las entradas, manejos poco transparentes e hipócritas en torno a la selección de las sedes mundialistas, en fin una serie de falencias que sin duda permiten afirmar que el mundial chileno fue uno de los más mal organizados de la historia.
A modo de anecdotario, cabe añadir que segundos antes del punta pie inicial todos se dieron cuenta que no estaba la pelota, y es que un dirigente las olvidó y las dejó en su casa. Además la pelota oficial –de flamante industria chilena- según se señala duraba solo un tiempo, luego se desfiguraba y se desinflaba. Por esa razón -además de las constantes quejas de los seleccionados del Viejo Mundo- la FIFA autorizó el cambio de balón a mitad de torneo, y hubo que traerlos todos desde Europa.
Desde el punto de vista futbolístico, Matamala nos dice que el mundial fue muy malo, debido en primer lugar a la inaudita violencia que se vio durante los partidos, que amenazó incluso la continuidad del mismo. Se vivieron vergonzosas batallas campales, entre esta clase episodios podemos mencionar, Argentina versus Bulgaria en Rancagua, Yugoeslavia contra la Unión Soviética en Arica, Alemania contra Suiza y Chile contra Italia, ambos en el estadio Nacional. Y con respecto a este último partido -según sostiene el autor del libro- Leonel Sánchez no fue expulsado gracias a que la terna referil protegía abiertamente a los locales, tendencia que ocurrió durante todo el torneo, incluyendo la clara derrota contra Brasil.
Fue uno de los mundiales con menos goles en la historia del fútbol y uno de los mundiales con menos gente en las galerías: el alto costo de las entradas y el desinterés general de los chilenos con los demás equipos,tuvo por consecuencia que la semifinal entre checoeslovacos y yugoeslavos solo fuera mirada por 6 mil personas.
Por otra parte, el autor señala que el mundial fue también decepcionante en materia futbolística, porque si bien estaba plagado de estrellas, durante el mundial –salvo Garrincha- no brilló ninguna de ellas. Pelé, se lesionó en el primer partido, Di Stefano que venía con España, se taimó y no jugó ni una vez. Puskas, también defendiendo a España (y no a su natal Hungría, que también participaba), poco y nada mostró. Yashin, el araña negra, arquero de la URRSS, tuvo jornadas tan negras como su uniforme, y llegaba con el cartel del mejor del mundo. Por último, Matamala se lamenta que muchos buenos equipos de aquel entonces quedaron fuera de la cita, como Francia, Austria y Perú, ausencia esta última que perjudicó económicamente la sede de Arica, pues contaban con presencia de los vecinos como cabeza de serie, sin embargo quedaron eliminados sorpresivamente, si mal no lo recuerdo, contra los muy discretos colombianos, a juicio de Matamala. En fin, todos estos (y otros más contiene el libro) vienen a ser los susodichos argumentos “objetivos” que condenan el mundial criollo.

Ahora bien, quisiera hacer un crítica a ese valor de “la objetividad” que tanto conmueve al periodista. ¿Existe algo menos apegado a la realidad acaso que esa fría objetividad que reclama Matamala? ¿Los brasileros campeones de entonces dirán que el mundial de Chile fue una mierda? Siendo el de Italia 90 también apuntado como un desastre de mundial, desde el punto de vista futbolístico, ¿sentirán lo mismo los alemanes que unificados lo ganaron?, o bien ¿cuál vendría a ser el mejor mundial para los españoles sino es el de Sudáfrica 2010? Y para nosotros, ¿fue el mundial de Chile el peor, o diremos que el mejor fue el de Corea y Japón donde ni siquiera fuimos? ¿O el del 30 donde no vinieron los europeos a jugar?, ¿habrá mejor mundial para los uruguayos que el Brasil en 1950? ¿Finalmente, tiene algún sentido hablar con objetividad de algún mundial o de cualquier torneo?... ¿a quién realmente le puede importar “descubrir” esa objetiva realidad? y ¿con qué fines? Las estadísticas, en este caso, tienen sentido solo dentro de los Almanaques.
Además con “números” Matamala “demuestra” también que la selección chilena del 62 no es la mejor de la historia, y dice que Leonel Sánchez ni siquiera entraría en el 11 ideal, porque según sus datos Caszeli ocuparía su lugar. Curioso, siendo Sánchez recordado por ser el máximo goleador chileno en los mundiales, y a su vez Carlos Caszeli -el que ocuparía su puesto-, es recordado por ser el primer jugador expulsado en la historia de los mundiales y además a los 5 minutos de juego, y por supuesto que lo recodamos también por aquel horrible penal que erró contra Austria, recién empezando otra aventura mundialista que terminó en un rotundo fracaso. Pero bueno, “la realidad objetiva” dice que Leonel Sánchez, no entraría de titular en la oncena histórica de Chile.
No hay criterio más alejado de la realidad que la preciada perspectiva “objetiva”. Esta objetividad despoja al asunto de su existencia, y divide las partes de un todo, y solo estipula detalles para ofrecer luego una nueva “realidad”, que pretende ser “más verdadera”. Pero la verdad, es que esta nueva construcción es frágil, ficticia e ineficiente, ya que no arraiga en el alma ni en la memoria colectiva ni como imagen ni como recuerdo ni sentimiento. Y si bien es posible comparar organizaciones, creo que la materia futbolística es mucho más compleja en su análisis: el mejor partido no es aquel de más goles, y las excesivas patadas sin duda marcan un punto de inflexión en la historia del fútbol que trajo consigo reformas al reglamento, en ese sentido se sacaron nada más que buenas lecciones de la violencia del mundial. La mano negra del arbitraje, que existió en el 62, también existió en casi todos los mundiales y Matamala eso también lo sabe y reconoce.
El libro, aunque está bien escrito, con un tono algo pedante, a veces tiende a aventurarse en ribetes literarios, ofreciendo poco ágiles e intrascendentes diálogos entre los personajes de esa época, por lo mismo le queda mucho mejor la descripción prosaica pues gana el texto con ella economía, seriedad y mayor claridad. Además hay una sección completamente innecesaria del libro que se llama “el mundial de la gente”, esta parte presenta las memorias de anónimos testigos, digamos que las impresiones rescatadas realmente caen en un cliché sensibilero e insignificante, sacando el autor la peor faceta del periodismo; la nota rosa.
Por último, le recomendamos a Matamala que retire también el desafortunado capítulo final donde relata con una poética asquerosa el funeral de Ramírez, uno de los delanteros chilenos durante el 62 que marcó goles contra Italia y Suiza. En este epílogo el periodista trata de filosofar en torno a las glorias pasadas, al mito, la ilusión, la vejez y la muerte. Al contemplar a los restantes jugadores de ese plantel durante el entierro, los ve acabados, patéticamente mamando de ese recuerdo de gloria, regocijándose todavía en él, y finalmente el periodista se compadece de ellos previendo su cercana muerte. Digamos que la reflexión es de pésimo gusto y con un tenor casi ofensivo en contra de la generación del 62. ¿Con qué derecho puede enjuiciar así la vida de una persona, valorando y remitiendo toda su trayectoria no solo profesional sino que existencial en general a una única experiencia? ¿Acaso pretende hacernos creer que en esta gente no hay más eventos significativos en su memoria, más motivos de orgullos, más felicidades personales, otros acontecimientos imborrables? ¿Viven únicamente para el mundial del 62? La verdad es que raya en la falta de respeto aquí Matamala. Y probablemente por escribir semejante y odioso epilogo pudiera ser merecedor de un cornete en el hocico, como se lo deseó públicamente Eduardo Bomballet.
Debemos agradecer, de todas formas la publicación de este libro por la seriedad de la investigación, la gigantesca información, la rectificación de algunos datos. Hay también un intento valorable del periodista por comprender y situar el mundial, dentro del contingente -y por supuesto- complejo contexto sociopolítico de la época, además aplaudo el exquisito anecdotario que el libro ofrece. A modo de ejemplo, en Arica jugaron los soviéticos contra Colombia, David contra Goliat, 4 a 1 ganaban los rusos, mas por esas cosas increíbles del fútbol, Colombia lo empata a 4, y los chilenos eufóricos presentes no vieron nada mejor que saltarse a la cancha para llevar en andas a los colombianos por su heroica gesta. Hermosa imagen del peor de los mundiales.

Esto es palabra de fútbol

Andrés Vidal Domínguez


*Matamala, Daniel: "1962: el mito del mundial chileno". Santiago, ediciones B.

Thursday, August 16, 2012

"La Pena del arquero", por León Cohen

En esta ocasión, otro ilustre invitado de este humilde medio, que cada día crece en prestigio y calidad. Aquí, León Cohen psiquiatra-psicoanalista, y ex arquero de la selección chilena y de la Universidad de Chile, nos trae un ejercicio perfecto que refleja su reconocida trayectoria.

Esto es palabra de fútbol





LA PENA DEL ARQUERO

Hay un hecho que en el fútbol es esencial : el equipo. El equipo es un grupo de once personas. Sin embargo, como sabemos, no son todas lo mismo. No son un grupo igualitario. Desde ya el llamado arquero es el único que está confinado para ser lo que es. Sólo puede ser arquero en su área, en su propio territorio. De todos es el único que tiene un derecho extra sobre la propiedad común de todo el equipo, es decir, sobre el balón. Ese derecho básicamente es un deber. Evitar con cualquier parte de su cuerpo la penetración última del enemigo. A él se le permite que exponga cualquier parte de su cuerpo. Es el recurso último, la última trinchera. Su posición es decisiva por lo que las exigencias que caen sobre él son implacables : no podrás cometer ningún error. Para todo esto deberá estar sobre la tierra y en el aire, deberá ser leve y sólido, astuto, ágil, con mirada de lince y manos de acero. Sus movimientos deberán ser una sorpresa para él mismo pues tendrán que ser automáticos, inconcientes. Su mente deberá tener capacidades adivinatorias por lo que tendrá que estar al borde de la locura, captando las intenciones que en el aire se prefiguran en la mente del adversario que se avalanza con el balón.
El arquero tiene una pena permanente. Tiene tanto deseo y voluntad de penetrar al enemigo pero no puede alejarse del espacio que proteje. Es posible que tenga igual o más talento para llegar al área enemiga pero no puede alejarse ya que es insustituible, es único. Nadie más que él tiene el derecho de arquero en el territorio del grupo donde se guarda el bien más precioso del equipo, el arco. Puede hacerlo, pero es muy peligroso. Si lo hace es bajo la cautela y los ciudados de sus compañeros.
Para el resto del equipo el arquero es un ser extraño, algo loco, con capacidades y recursos que ninguno tiene o puede usar. Quizás alguna vez, en algún entrenamiento, alguno quiera ponerse al arco, pero en la lucha le está extrictamente penado : “de ese fruto no comerás”.
El arquero a menudo está solo. Dentro de la escena es un espectador tenso que sigue la continuidad del juego momento a momento, a lo lejos. Cuando el enemigo entra en su casa, al área donde está confinado, su tensión es máxima. Esta es una situación que el común de la gente rehuye. Nadie quiere ponerse al arco. Todos quieren ser protagonistas, eluden la responsabilidad del puesto y buscan la rápida gratificación del delantero. Los niños, en su crueldad natural, envían al arco a los marginados, a los que padecen de alguna falta o torpeza. Solo unos pocos lo hacen por vocación y no por resignación. Esta vocación es un enigma, tan misteriosa como es el masoquismo, esa rara inclinación humana a sentir placer al ser golpeado por un balón. Es que detrás de esto está el viejo deseo de ser un héroe, aquel personaje solitario del cual depende, en última instancia el destino de la historia.

León Cohen. psiquiatra psicoanalista APCh-IPA

Ex-arquero Universidad de Chile y Sel.Chilena sub20, 1972.

Tuesday, July 31, 2012

"En todas las canchas del firmamento", por Christian Leontic Parot

No sólo es el mejor jugador de fútbol que he visto en "vida y en vivo" (hay gente que lo iba a ver jugar, sólo por el placer de verlo), sino también un poeta y escritor con el que este pequeño y humilde blog sintoniza.
En este espacio, los dejamos con un extracto de uno de sus tantos escritos. Continuando con esta pequeña relación pecaminosa entre fútbol y poesía, dejamos con ustedes a Christian Leontic Parot, ex futbolista amateur y poeta (el 2003 publicó Ruta Vertical, a estas alturas un pequeño libro de lectura obligatoria).

Alberto Coddou (editor)

"En todas las canchas del firmamento", Christian Leontic Parot




Es un tipo raro, imprevisible. De una naturaleza indefinida: vertiginosa, indescifrable, genial, siempre al filo de la navaja pero no se corta; aunque, a veces, también retraída, muda, contemplativa. Pero todo lo hace con poesía. Como las estrellas, estalla y desaparece, y luego vuelve aparecer y estalla de nuevo, y así sucesivamente. Y claro, su fierro proviene de ellas. Me gusta el tipo, me es útil. Me sacude, me conmueve verlo, hasta me inquieta, aunque nunca he hablado con él. No parece un convencido de nada: como que se ríe con eso. Cuando lo veo me despierta y emociona y me recuerda que en lo indefinido está el significado, y que todo lo demás son trampas de la naturaleza, que, como el maquillaje de las putas, no sirve sino solo para recubrir una mausoleo interior, pero de un modo falso, aparente, y que, a su manera, con desconsuelo y brevedad, ese mausoleo interior no es distinto, salvo en eso, claro, a ese otro mausoleo descomunal que avanza y crece y ordena y desordena y cuya apariencia, a los ojos, es la de un ataúd negro y colosal que, jugando a ser un manto que se contrae y se alarga, el carajo, nos cobija y nos miente, como la literatura. Eso me inspira el tipo: indefinición. Nos miente, nos engaña, nos driblea, nos sorprende. Es el universo con cabeza y corazón y pies, pero genuino, lleno de trampas, sin maquillajes. Porque todo le sale natural. Por eso el tipo también me asusta. Yo ya sabía estas cosas, pero no quería, no quiero saberlo. No: yo creo en algunos libros. Y creo en este tipo raro, aunque nos mienta. Y creo y voy a seguir creyendo en esa estrella que tiene pulso y que nunca se va a apagar: Messi.




*Foto: Leo-Messi.net 


Saturday, June 16, 2012

¿En qué se parecen Paolo Montero y Juan Carlos Onetti? Pregúntenle a Agustín Lucas



I.                   Reconocimiento del terreno de juego.
El central que se lanza con la pierna en ristre sobre balón y tobillo rival, que tras esa jugada mirará a su rival en el suelo con cara de pocos amigos y le dirá un par de verdades sobre su madre, para después alegar inocencia con la convicción de un santo, se llama Agustín Lucas. Es uruguayo, mide 1:87, pesa 84 kilos y tiene 26 años. Ha jugado en la primera división uruguaya y ha destacado en la liga mexicana, venezolana y guatemalteca. En su última experiencia en el extranjero, en el Anzoátegui venezolano, afirmó: “He conversado con el técnico y con otros jugadores y me doy cuenta que el grupo está muy unido. Espero adaptarme rápido para poder dar mi aporte”. Actualmente pelea el ascenso en Uruguay.
El poeta que lee en la fotografía ha publicado varios textos que lo sitúan entre las apariciones más interesantes de su generación. Su poesía condensa calle, cama, bares y un tránsito existencial que oscila entre el barrio y los más abismales laberintos de la mente y la memoria. Se llama Agustín Lucas, y es un fijo de la movida de lecturas poéticas montevideanas. Su último libro, “Club”, fue editado por la editorial más prestigiosa de Montevideo, Yaugurú, y en él se suceden inquietantes fragmentos, como si el poeta avanzara a tientas en una tierra que conoce, pero donde se ha hecho de noche de improviso: “Los transeúntes duermen, hijos de la calle, con el evidente ojo abierto, dueños del escalón y de la reja, del vaso, de la botella, del resto de fideos y el codo del pan, de la frazada y la chancleta, del talle grande, o de los dedos para afuera. Presos del invierno, libres del calendario y del reloj, héroes del sosiego, amigos de los perros”. 
No es un alcance de nombre. No es un futbolista que escribe poesía, ni un poeta que juega fútbol. Es las dos cosas a la vez, y a la vez un gran anfitrión. De lo que pasó esa tarde, esa noche y esa mañana de 2011, de las conversaciones con Pablo Silva y Juan Fossati, del “Quedáte tranquilo Obdulio” y “Cuando el juego se hace verdadero” cantados arriba de un taxi, no hablaré aunque me apunten. A cambio, cito a mi amigo a 90 minutos de comunicación virtual por el chat de Facebook. Esto es lo que sucede:

II.                Calentamiento
Onetti dice en “La vida breve” que estamos condenados a una sola alma, pero no a una sola vida. Se ve que le haces caso a tu coterráneo, y tienes al menos dos. ¿Cómo vives esa duplicidad, esa mezcla a nivel vital?
No quiero ser socrático y responderte con otra pregunta, ¿cómo vives tú la abogacía y la escritura?

Se ve que la primera pelota complicada conviene tirarla a la tribuna, con tal de alejar el peligro. Sirvo el lateral con prestancia y vuelvo a la carga: Yo soy abogado para ganar dinero, nada más, pero sospecho que a ti con el fútbol te une algo más profundo. El barrio, la infancia, el cuerpo alerta, cosas así
No hay que encasillarse en el fútbol, te ocupa tiempo pero también te sobra para hacer otras cosas. Todos tenemos algo para decir y hay que decirlo de la manera que salga. La vivo a pleno, no me planteo las diferencias. Trato de pegarle con las dos. Creo que ambas actividades, al menos en mi caso, tienen un punto en común que es el folklore. Por lo tanto el barrio, la esquina, la vieja pelota de trapo, el lápiz y la camiseta hablan entre ellos constantemente. Si no lo viviera así creo que también podría hacerlo, aunque en Uruguay el fútbol no es para ganar dinero.

En Uruguay el folklore es bastante mezclado, promiscuo en el mejor sentido de la palabra. Como son pocos, todos viven en el mismo barrio. Uno intuye que para ustedes el Negro Jefe, Jaime Roos y Onetti están separados por unas pocas cuadras.
¡Claro! Por eso la vida del Obdulio es poética, fantástica, literaria a la vez que campeón del mundo. Jaime Roos tiene una tapa de disco con la camiseta de Fénix, y además le canta a la celeste (incluso ahora hizo una película).

Onetti vendió entradas en el Estadio Centenario…
Esperaba que lo dijeras vos, para aprovechar de escuchar esos detalles de un chileno. Aunque es difícil que lo sepan los yoruguas… ¿Viste? Hicimos un “tuya y mía, para ti y para mí”, una pared o una cordillera.

La pared es la manera que tiene el fútbol de mostrar la buena amistad, de eso no tengo dudas. Con todo, Onetti es un miembro extraviado de tu folklore. En sus últimos años se olvida de su cuerpo, se acuesta a esperar la muerte y pierde los dientes. Darnauchans lo mismo. Mateo igual. Roos no digamos que se conserva en salud.
El uruguayo toma mucho alcohol. También fuma mucho. El mate es excusa para ambos vicios.

III.             Intercambio de banderines. Sorteo.
“Muerdo los dedos para no escribirte / poema infalible de las lágrimas / letra olvidada en las esquinas / tinglado de cuadras y veredas / Al roerlos sangran y ahora escribo lo que veo, sangre”. Tu poesía, si bien tiene un polo marcado en mirar lo degradado, es muy elegante en el lenguaje. Escribes como diez, no como defensa central. En tu poesía hay perros, linyeras, hambre.
Tengo aquí mismo un perro que me mira, me conoce, me conversa. Imagino a esos perros de la calle conversando con sí mismos, o con el invierno, o con el hambre. Lo mismo con los linyeras. Y no es una ofensa comparar hombres con animales, es un halago. ¿Un halago? No es un halago tampoco. Depende del caso.

Con el sexo es otro tanto. El verso parece enamorado, pero a la vez tiene un erotismo a lo menos rudo.
Sin carne no hay poesía, en cambio sin erotismo puedo haberla. A veces la poesía es como hacer el amor: un poco de erotismo previo y después… después carne.

Una vez Iván Zamorano dijo que algunos goles en el Santiago Bernabeu eran mejores que un orgasmo. Zamorano se llevó a su madre a vivir a Madrid.
Habría que ver que le hubiese pasado a Edipo si hubiese jugado fútbol. Pueden ser goles orgásmicos, poesías orgásmicas, pero… ¿mejores que un orgasmo?

De goles sé menos que de autogoles, yo también soy defensa central. Un buen polvo es siempre mejor que un gol, pero por un gol en la final de un mundial… podría estar un año en celibato. Un mal orgasmo es comparable con un autogol, eso sí lo puedo afirmar
Creo que estamos hablando de amor, ¿no? Tendríamos que hablar con Carver. Voy a mear.

IV.              Primer tiempo.
Paolo Montero es un personaje literario, no se puede negar. Tiene el record de expulsiones en Italia. Vino a la despedida de Marcelo Salas y se volvió loco alegando un offside del festejado, desde luego inexistente.
Me tocó enfrentarlo cuando Paolo jugaba en Peñarol, en el ocaso de su carrera. Lamentablemente se fue lesionado del partido, hubiese sido la primer camiseta de Peñarol que me pusiese. Por lo menos me quedó la foto del sorteo de capitanes.

Primera vez que escucho que esa foto sirve para algo
Supuestamente los jueces las guardan de recuerdo. Y nosotros nos guardamos de recuerdo las burradas que se mandan.

¿Qué será peor, un mal árbitro que te termina expulsando sin razón o un crítico literario amargo que destruye tu obra?
El árbitro sin dudas. Con el crítico me puedo sentar mano a mano, obviarlo, ignorarlo o mandarlo a la mierda sin que me suspendan el lápiz. Con el árbitro se complica, porque como lo dice la palabra, a veces arbitran algo más que un partido.

¿Es peor quedarse todo el año en la banca o todo un año con poemas sin poder publicarlos?
Quedarse en la banca de seguro, los poemas sin publicar puedo aún leerlos a amigos, conocidos, o en pequeños ciclos de lectura que rondan los antros montevideanos y del mundo.

¿Son mejores amigos los futbolistas o los escritores?
Los verdaderos

Esa te la tiré fácil, al pie, era cosa de echarla adentro. Subamos la puntería, ¿es mejor salir con una mina que te conoció en la cancha o con la que te leyó?
Con la que me leyó. Mi actual pareja me conoció así. Leyendo “Camarines” del libro “Club” cuando aún no era el libro “Club”.

Me estás vendiendo el verso, como cuando dicen “me encontré con un grupo humano bárbaro, tengo la confianza del profe, la hinchada es espectacular”.
Yo generalmente hablo bien de mi novia pero no del plantel que me cobija. Eso es muy relativo.

V.                 Segundo tiempo.
En tu carrera deportiva has viajado montones. Venezuela, México, Guatemala, en fin. Esos viajes aparecen también en tus poemas. ¿Cómo ha sido esa experiencia viajera? Una cosa es otra cultura, pero otra muy distinta es un camarín en donde eres extranjero y poeta
Un poco de todo, un poco de joven, otro de extranjero y otro de poeta. De amante, de bohemio, de inquieto. De todo. La experiencia viajera dejó varias cosas, entre otras las ganas de seguir viajando. En Guatemala reedité mi primer libro “No todos los dedos son prensiles”, con Libro Ati ediciones, y lo presentamos con mi compañera haciendo perfomances en el lago Atitlán. También hicimos de teloneros de una banda de Dub, Dubvolution. Nos anotamos en un ciclo de poesía en México, para hacer lo mismo pero nos tuvimos que volar antes de lo previsto, destino venezolano. Allí escribí un poemario, aún inédito.

A pesar de esos viajes, a ti lo que te tira el barrio, la ética del barrio.
Si, y me gusta curtir el barrio de otros países. Cuando terminé uno de esos campeonatos, moré por espacio de un mes y medio en casa de amigos. Terminé jugando para “La Cuadra”, un equipo de barrio en plena montaña. Me recomendaron que no usara mi nombre por si algún ojeador andaba en la vuelta, no daría una buena imagen de mí cómo futbolista. Les hice caso, me fiché como el Julio Cortázar. El historial: Un partido sólo, suspendido a los diez minutos por piñata, ganando por uno a cero, y en la cancha de al lado a los tiros limpios.

VI.              Intercambio de camisetas
“Club” debe ser uno de los libros (como objeto) más lindo de mi biblioteca. ¿Te interesa esa veta o fue más bien una casualidad?
Me interesa. “Club” se lo envié a Macachín (Editorial Yaugurú) porque es el Enzo Francescoli del diseño de libros en Uruguay.

¿Arruga con la celeste?
Te da Copas Américas con cada publicación.

Bien. Llegamos al minuto noventa. Una pregunta inevitable. ¿Has admirado a algún jugador chileno?
No sé si “admirado” es la palabra, pero recuerdo a Rozental con su estilo “Guns and roses” (aunque pueden decirme que jugaba medio “Maná”), Y por supuesto la dupla Za-Sa, para mí gusto de lo mejor que ha dado Chile.

Patricio Hidalgo Gorostegui, junio de 2012.

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Tuesday, May 08, 2012

Silva desgarrado, por Matías Celedón


Estimados amigos, les dejamos con texto de uno de nuestros nuevos colaboradores, uno de los mejores "8" que se han visto, con una pegada impecable: Matías Celedón. Un lujo para este humilde portal de fútbol. 

Silva desgarrado.






Hasta que no me pasó las servilletas pensé que me estaba tomando el pelo. Eran dos poemas titulares. Johí me había contado que llegaba en las mañanas al café Villareal y se pasaba hasta las 11 con la mirada perdida en las enredaderas. Empujando su silla de ruedas, la enfermera lo ubicaba siempre en la misma mesa y se sentaba junto a él para untarle las tostadas y ayudarlo con la taza de té. 
Don Sergio no le habla, me dijo. Ella lo ayuda porque le tiemblan las manos.

Había oído que Sergio Livingstone escribía en mitad de las transmisiones. En cuadernos empastados, llevaba páginas de incidencias que anotaba cada fin de semana. Con regla separaba las alineaciones y ocupaba el interior de los márgenes para marcar el tiempo exacto en que sucedía una jugada. Su criterio era inapelable: la jugada concluía en las manos del arquero.
Siempre pensé en esos cuadernos, minuto a minuto, la historia lapidaria del futbol chileno. Qué jugadas fueron subrayadas. Cuántas acaso terminaron en gol. Pero Johí me contaba que lo que escribía no era nada de eso, sino impresiones vagas que él no entendía casi siempre.
Cuando la enfermera va al baño, Don Sergio saca una pluma y escribe. 
¿No le entiendes la letra? Una pluma es más liviana que una taza, reconocí.
No es por eso. Mire.
Johí me pasó la primera servilleta:
Esa es del viernes.

Su letra era clara, de trazo firme. Pero de entrada me descolocó.

  
Eufonía

Lionel Andrés Messi
Riquelme Juán Román
Diego Armando Maradona
Luque Leopoldo Jacinto.

No supe qué decirle. Miré la enredadera y vi un arco vacío con las redes cubiertas por la hiedra.
¿Poesía?, me preguntó Johí.
Pareciera, arriesgué.

Esta mañana llegó más tarde acompañado por su hijo. Por la ventana, Johí los veía conversar:
Don Sergio movía mucho las manos. Cuando su hijo se levantó a pagar se me acercó y me preguntó si lo conocía. Yo le dije que sí, que lo atendía siempre. Después me preguntó cómo lo veía. Bien, le dije, qué más le iba a decir. Entonces me preguntó si alguna mañana en que él tuviera que hacer yo podría cuidar a Don Sergio hasta que alguien lo pasara a buscar…
 ¿Y?
Le dije que sí. 
Que te dejen buena propina entonces.
Don Sergio siempre deja buena propina.
Su respuesta me puso en una situación incómoda: 
¿En qué mesa se sienta el sapito?
En esa, señaló Johí, aunque hoy día lo sentaron en la de allá. Cuando fui a levantarla encontré ésta.
Johí buscó en sus bolsillos. La servilleta, aunque arrugada, mantenía el trazo vigoroso de la anterior.

Cuesta abajo

Boca: Silva desgarrado 
el tiempo viejo 
que lloro.

Miré la enredadera, las hojas secas, el otoño. Johí tomó la bandeja.

Mañana me la da, no se preocupe. 
Gracias, Johí.
¿Va a ver a Unión?
Voy a ver a Riquelme. 
Ese está viejo, mejor vaya a ver a Ruidiaz el jueves.
Pero si no lo ponen.
Perdone, pero es que ustedes no nos quieren.